1 000 y 4 000 días de culto a la personalidad del líder en el marco de la guerra de Rusia contra Ucrania
La guerra contra Ucrania ha arrastrado al régimen del Kremlin a nuevos extremos, lo que ha motivado un culto a la personalidad en torno a la figura de Vladimir Putin, que está alcanzado nuevas cotas. El empleo estratégico de la imagen de Putin como arma política se ha convertido en un elemento crucial para garantizar que la población rusa siga siendo favorable a la invasión, así como para exhibir fuerza ante la comunidad internacional.
«Sin Putin, no hay Rusia»
Los cimientos del culto a la personalidad que observamos hoy se levantaron hace años. Cuando Rusia ocupó ilegalmente de Crimea en 2014, Viacheslav Volodin, por aquel entonces jefe adjunto de Gabinete del Kremlin, hizo la siguiente declaración: «A día de hoy, no es posible concebir una Rusia sin Putin». Esta opinión se ha convertido prácticamente en una doctrina oficial, según la cual Putin es indispensable para la existencia de Rusia y cualquier crítica hacia él constituye un ataque a la misma Rusia.
De líder a zar en tiempos de guerra
La imagen meticulosamente elaborada de Putin ha sufrido cambios importantes desde la invasión a gran escala de Ucrania. Las ceremonias oficiales, como la de su investidura, en mayo de 2024, han ido cobrando tintes cada vez más monárquicos. Putin es el centro del poder político de Rusia desde enero del 2000. Una generación entera de personas solo conocen Rusia bajo la presidencia de Putin. Los desfiles del Día de la Victoria del 9 de mayo se han convertido en plataformas no solo de exhibición de su poderío militar, sino también de demostración de la autoridad de Putin como líder en tiempos de guerra.
Popularidad prefabricada
Las cadenas de televisión estatales rusas y otros medios rusos en línea contribuyen a crear esta imagen al mostrar a Putin de manera incesante en la programación diaria. La máquina de la desinformación del Kremlin funciona sin interrupción desde hace años con el fin de presentar a Putin como un líder universalmente admirado. Los medios de comunicación estatales, como RIA, describen con pelos y señales cada mensaje de felicitación que recibe de otros autócratas. Para su cumpleaños, se organizan meticulosas muestras de adoración pública, como si se tratase de un acto de estado
Hay un interés especial por transmitir que el presidente goza del respeto y la admiración internacionales y su persona y su cumpleaños son un elemento importante de las campañas rusas de influencia en el extranjero. Este año, con motivo del aniversario de su nacimiento, la Casa de Rusia en Niamey, la capital de Níger, publicó un vídeo musical con raperos locales, supuestamente producido por ella misma.
Disidencia silenciada mediante devoción
El culto a la personalidad tiene una finalidad doble: mientras enaltece a Putin, justifica a su vez la represión de toda forma de oposición, puesto que oponerse ya no es cuestión política, sino un acto de traición antipatriótico. El destino de las voces críticas con el régimen, como Navalni y Nemtsov, o incluso de aquellas figuras afines que cayeron en desgracia del Kremlin, como Prigozhin y Girkin, evidencian los peligros de desafiar el orden establecido. El mensaje es claro: cuestionar a Putin significa cuestionar a la misma Rusia, un acto que ahora se castiga con leyes cada vez más draconianas.
Alimentando la máquina de la guerra
Esta personificación extrema del poder ha contribuido decisivamente a sostener el conflicto bélico iniciado por Rusia. Al posicionar a Putin como la encarnación del poder estatal y militar rusos, el régimen puede presentar la invasión de Ucrania como una necesidad histórica, en lugar de como una opción política. Los medios estatales dibujan a Putin como el principal defensor de los intereses rusos frente a una supuesta agresión occidental y usan esta narrativa para justificar tanto la guerra al otro lado de la frontera como la represión política interna.
Las ceremonias estatales refuerzan este mensaje. En el evento celebrado en marzo de 2024 en el Estadio Luzhnikí de Moscú, en el que se conmemoraba el décimo aniversario de la anexión de Crimea, Putin intervino ante multitudes que portaban pancartas a favor del presidente en las que podía verse el infame símbolo de la «Z». El mensaje fue claro: apoyar a Putin y apoyar la guerra son cosas inseparables.
El coste de no rendir cuentas
El máximo peligro de este culto a la personalidad reside en la supresión de los controles y mecanismos de contrapeso institucionales. Al colocar a Putin fuera de todo cuestionamiento, se ha creado un sistema en el que las grandes decisiones, como la de invadir Ucrania, pueden tomarse sin una rendición de cuentas significativa. El resultado es un círculo vicioso en el que la agresión militar aumenta el culto a la personalidad y este, a su vez, posibilita la continuación de la agresión.
La utilización estratégica de la imagen de Putin como arma política representa mucho más que simple propaganda: se ha convertido en un pilar central de la maquinaria de guerra de Rusia mediante el establecimiento de un marco ideológico para la agresión externa y la represión política interna. Mientras Rusia prosigue su asalto a Ucrania, comprender esta dinámica es crucial para entender las acciones del régimen y anticipar sus movimientos futuros.
No se deje engañar.